—¡Por Dios! ¿Qué estás haciendo? —grité sorprendida.
—¿Qué? Mi asistente decidió irse a trabajar a una editorial, así que no me pareció la gran cosa hacerme taxista. Ambos cambiamos de carrera a algo más modesto, así que seguimos en el mismo canal —espetó.
—¿Acaso te estás escuchando? ¡Eso es una ridiculez! —repliqué, con la incredulidad dibujada en el rostro—. Eres el CEO de una empresa multimillonaria; si alguien te ve haciendo esta mierda, no le va a hacer ningún favor a tu reputación.
—Buen