mEl aire denso y caliente pegaba su ropa a la piel, y la oscuridad era casi absoluta, salvo por la pálida luz de la luna que se filtraba entre los árboles. Cada sonido parecía amplificado: el ulular de un búho, el crujido de hojas detrás de ella, el ladrido lejano de los perros que seguramente ya estaban en su búsqueda.
Lilith no podía dejar de imaginarse a los guardias de su madre encontrándola, sus rostros endurecidos por el desprecio y las manos dispuestas a arrastrarla de vuelta. Cada vez q