María Constanza
El avión aterrizó, iban a ser la siete de la noche. Ya estaba sana y salva en tierra firme. Bajé del avión, me dirigí a reclamar mi maleta, mis padres debían de estar esperándome en la salida de la sala del equipaje. Mientras esperaba a que saliera por la banda la preciosa maleta morada, pensé en él, en Brasil deben de ser las nueve de la noche, ya debió de haber llegado al apartamento y leído la carta.
Miré el celular para ver si tenía algún mensaje y nada. De Santos no tenía n