María Constanza
Amanecí una vez más entre los brazos de mi futuro esposo. Anoche no nos detuvimos, y por causa de ese deseo insaciable me dolía el vientre y mis piernas. Acaricié los vellos de su antebrazo, me encantaba lo varonil que se le veían los brazos.
—¿Ya dejaste de repararme? ¿Cómo amaneciste?
—Peor que cuando hicimos el amor por primera vez. —Su sonrisa era hermosa.
—A mi favor solo cumplía órdenes, tú pedías que te diera duro. —soltamos la carcajada, hablaba con su cabeza entre mi cu