Rodrigo hizo ademán de levantarse, pero algo en la mirada de Alexander lo detuvo.
Roberto, rojo de ira por la insubordinación de los niños, abrió la boca para gritar de nuevo.
Pero su voz fue interrumpida.
No por Alexander. No por Lucía.
— Bienvenido, Kai.
La voz era rasposa, profunda y absolutament