Mundo ficciónIniciar sesiónLa tarde transcurría con una lentitud tortuosa. Tras alimentar a los gemelos, Ela los dejó en su habitación, donde se entretenían construyendo altas torres de bloques de madera que, al derrumbarse, provocaban estallidos de risas. Ella se retiró a la sala, mirando la pantalla de su teléfono sin rumbo fijo, hasta que el sonido de un motor resonó en la entrada circular.
Su cuerpo se tensó instintivamente. Samir regresaba tarde, mucho más tarde de lo habitual. Con un presentimiento teñido de amargura y resignación, Ela supuso que él habría estado ocupado consolando a Vanessa tras el altercado en el jardín. Seguramente, la amante habría corrido a sus brazos buscando refugio, derramando lágrimas de cocodrilo por su vestido arruinado y su orgullo herido, esperando que él castigara a su "terrible" esposa.
La imagen de Samir abrazando a Vanessa, acariciando su cabello y susurrándole consuelos, se proyectó con nitidez en la mente de Ela. Para su sorpresa, el pensamiento no le produjo el dolor punzante que esperaba, sino una remota sensación de entumecimiento, como si estuviera observando la vida de otra persona a través de un cristal empañado.
El timbre de la mansión sonó, agudo y estridente. Ela se levantó lentamente del sofá de terciopelo y alisó su vestido con manos ligeramente temblorosas. Por un instante, una chispa de esperanza, absurda e inoportuna, se encendió en su pecho. ¿Y si era Samir? ¿Y si había vuelto antes porque algún rincón olvidado de su alma aún se preocupaba por ella?
Esa esperanza se extinguió tan rápido como había surgido al abrir la pesada puerta de caoba.
Don Octavio Hadid estaba de pie en el umbral, apoyándose pesadamente en un bastón de ébano con empuñadura de plata. Su transformación, comparada con la última vez que Ela lo vio hacía cinco años, era estremecedora. El patriarca que alguna vez irradió poder y vitalidad parecía ahora una versión reducida de sí mismo, como si la enfermedad lo hubiera vaciado por dentro. Su piel tenía un tono grisáceo enfermizo, y sus mejillas hundidas formaban sombras profundas bajo unos pómulos prominentes. Sus ojos, aunque todavía agudos, estaban rodeados de ojeras que delataban innumerables noches de insomnio y dolor agudo.
—Ela —dijo con voz ronca, como si hablar le exigiera un esfuerzo físico inmenso—. ¿Puedo entrar?
Ela se hizo a un lado sin pronunciar palabra, con una expresión rígida y antinatural. Cada músculo de su cuerpo estaba en alerta, previendo el peligro. El viejo Octavio avanzó lentamente hacia el interior con paso pesado y cauteloso, como si cada movimiento le provocara una punzada de dolor.
Lorenzo, el impecable secretario, lo seguía de cerca portando un maletín de cuero negro. Sus ojos se cruzaron brevemente con los de Ela, quien creyó leer una emoción indescifrable. ¿Era una advertencia? ¿O piedad? Fuera lo que fuese, desapareció en un parpadeo.
Don Octavio se desplomó en un sillón estilo Luis XVI y soltó un largo suspiro que sonó como el último aliento de un moribundo. Durante un largo rato, se limitó a observarla, escudriñando su rostro como si buscara algo específico.
—Has cambiado —observó con frialdad—. Te has vuelto fuerte. Menos... manipulable.
Ela permaneció de pie, negándose a sentarse para no alimentar la ilusión de que aquello era una visita social amistosa. El silencio se extendió entre ellos como un campo de batalla, cargado de una tensión tácita en cada segundo que pasaba.
Finalmente, Octavio habló, y sus palabras cayeron sobre ella como piedras.
—Marina —pronunció el nombre de su hermana con una aspereza hiriente—. Lamento profundamente lo que ocurrió durante el proceso de gestación subrogada.
El mundo de Ela se inclinó de repente. Sintió que el suelo bajo sus pies se volvía líquido. ¿Una disculpa? ¿Aquel hombre, el patriarca que orquestó la muerte de su hermana, le estaba pidiendo perdón?
—Fue una tragedia —continuó Octavio con un tono ensayado, como un guion memorizado—. Un terrible accidente. Desafortunadamente, incluso con las mejores medidas médicas, estas cosas suceden.
—¿Accidente? —La palabra salió de los labios de Ela como una estalactita de hielo—. ¿Así es como lo llaman ahora?
La mirada de Octavio se endureció, dejando ver tras la máscara de enfermedad el filo del hombre poderoso que solía ser.
—Quiero que adoptes formalmente a esos niños. Que seas su madre ante la ley en todos los sentidos —hizo una pausa para que sus palabras cobraran peso—. Y deseo que te quedes al lado de Samir. Que seas su esposa. No solo en el papel, sino en la realidad.
Ela sintió que una carcajada histérica y carente de humor forcejeaba por salir de su pecho. ¿Era real? ¿De verdad aquel hombre creía que podía comprar su silencio y cooperación ofreciéndole un "estatus legal"?
—Yo criaré a esos niños —sentenció ella con voz firme, cada palabra precisa como un bisturí—. Los amaré, los protegeré y les daré todo lo que Marina no pudo. Eso no es negociable.
Dio un paso hacia él, inclinándose ligeramente con una mirada ardiente que lo obligó a parpadear.
—Pero no me quedaré con Samir. No seguiré viviendo en esta farsa de matrimonio. Y bajo ninguna circunstancia criaré a estos niños en la casa de quienes asesinaron a su madre biológica.
La palabra "asesinaron" flotó en el aire como humo tóxico. Lorenzo, que permanecía estático junto a la puerta, dio un paso al frente bruscamente.
—La muerte de Marina fue un accidente —dijo con voz firme y profesional, pero con un matiz de advertencia—. Hay informes médicos, testimonios y una investigación policial completa. Todo prueba que fue una complicación natural, aunque desafortunada, del embarazo.
—Todo fue comprado —Ela se giró hacia él—. Todo fue manipulado. Todo fue orquestado por esta familia para encubrir su sucio negocio de gestación subrogada.
En la esquina de la escalera principal, dos pares de ojos grandes observaban la escena desde arriba. Mateo y Sofía, atraídos por los gritos, habían salido de su habitación y ahora se acurrucaban contra la barandilla de mármol.
No entendían todas las palabras, pero percibían el tono. Peligro. El aire estaba cargado de una hostilidad espesa y asfixiante. Y aquel anciano del bastón estaba hablando de su mamá biológica, esa mamá Marina de la que Ela les hablaba en susurros cuando creía que dormían.
Mateo apretó con fuerza la mano de su hermana. En su pequeña mente de cuatro años, se formó un pensamiento simple pero aterrador: si ese hombre y su familia habían lastimado a mamá Marina, ¿qué les impediría lastimar a mamá Ela? ¿O a ellos?
—Tenemos que irnos —susurró a su hermana, casi sin voz—. Tenemos que sacar a mamá Ela de aquí.
Sofía asintió con los ojos muy abiertos, mientras lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas. Juntos tomaron una decisión: escabullirse, llegar a la puerta y correr. Correr hasta encontrar a alguien que protegiera a mamá Ela, hasta escapar de esa gente mala.
Se pusieron en pie con cautela, intentando que sus pequeños pies no hicieran ruido sobre el frío mármol. Paso a paso, pegados a la pared y ocultos por las sombras, bajaron la escalera. Sus corazoncitos latían tan rápido que estaban convencidos de que cualquiera podría escucharlos.
Casi lo logran. A escasos metros de la puerta, una silueta apareció en el umbral, bloqueándoles el paso.
Era Samir.
Había regresado antes de lo previsto. Su traje seguía impecable, aunque la corbata estaba ligeramente aflojada. Al ver a los gemelos intentando escapar, sus ojos se entrecerraron, mostrando confusión y una emoción más oscura.
—¿A dónde creen que van? —preguntó con una voz suave, peligrosamente suave.
Los niños se quedaron petrificados, como ciervos ante los faros de un coche. Sofía rompió a llorar, mientras Mateo se interponía protectoramente delante de su hermana.
Samir miró más allá de ellos, hacia la sala de donde provenían los gritos. Era la voz de su padre y la de Ela. Algo estaba ocurriendo, algo tan grave que había empujado a los niños a intentar huir de casa.
—Bernardo —llamó al mayordomo, que apareció silenciosamente tras él—. Lleva a los niños a su habitación. Asegúrate de que tengan todo lo que necesiten.
El viejo mayordomo, sin mostrar emoción alguna, tomó suavemente las manos de los gemelos. Ellos opusieron resistencia al principio, pero finalmente cedieron ante la fuerza firme y tranquila de Bernardo, que los guió escaleras arriba.
Samir entró en la sala con paso autoritario. La escena lo dejó atónito: su padre, pálido y encorvado en la silla; Lorenzo, tenso y con una pizca de pánico mal disimulado; y Ela, de pie en medio de la habitación como una reina en batalla, con los ojos brillando de furia y lágrimas contenidas.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —Su voz restalló como un látigo.
Tanto Ela como Octavio se giraron hacia él. Por un momento, nadie habló. El silencio era tan denso que casi se podía sentir la presión en los pulmones, dificultando la respiración.
Don Octavio reaccionó primero. Se levantó bruscamente del sillón, un movimiento tan violento que su rostro se contrajo de dolor. Pero ignoró su malestar físico; había demasiado en juego.
Caminó hacia su hijo con una rapidez impropia de un anciano enfermo. Antes de que Samir pudiera reaccionar, la mano de su padre impactó con fuerza en su mejilla. El sonido de la bofetada resonó en la habitación como un disparo.
El golpe giró la cabeza de Samir hacia un lado. En ese instante congelado, nadie se movió, nadie respiró.
—Si vuelves a fallarle a esta mujer —la voz de Octavio temblaba de ira, pero también de algo más profundo que sonaba terriblemente parecido al miedo—, te despojaré de todo. La empresa, el apellido, la herencia. Todo lo que posees, todo lo que eres, desaparecerá como si nunca hubieras existido.
Samir permaneció inmóvil, con la marca roja de los dedos de su padre empezando a hincharse. Cuando finalmente dirigió su mirada hacia Ela, sus ojos ardían con una emoción compleja que ella no pudo descifrar.
Pero en lo más profundo de su ser, en ese espacio privado donde guardaba sus pensamientos más oscuros, Samir llegó a una conclusión completamente errónea:
Obviamente, Ela había corrido a quejarse con su padre sobre la visita de Vanessa. Obviamente, estaba usando su papel de "esposa agraviada" para manipular al viejo y obtener poder sobre él.
Era celosa, astuta y calculadora. Estaba usando tretas mezquinas y lágrimas de cocodrilo para retenerlo, asegurar su posición y jugar el papel de víctima.
Sin embargo, bajo toda esa rabia, en un rincón que Samir no se atrevía a explorar, brilló una chispa extraña. Era una sensación peligrosamente cercana a la satisfacción.
Porque si Ela estaba celosa, si estaba luchando por él, significaba que todavía le importaba.
Significaba que todavía lo deseaba.
Y ese pensamiento, por retorcido y delirante que fuera, le otorgó esa sensación de control que tanto ansiaba recuperar desde que ella había vuelto.







