La luz de los quirófanos del Hospital General tenía esa calidad blanquecina e implacable que convertía la piel en pergamino y las sombras en abismos. Ella llevaba siete horas y cuarenta minutos de pie frente a la mesa de operaciones, con las manos enguantadas sumergidas en el pecho abierto de una niña de siete años cuyo nombre —Andrea Fuentes— estaba escrito en la pizarra blanca detrás de ella pero que su cerebro exhausto había archivado simplemente como "el caso".
El defecto era complejo: comu