La mansión Hadid se alzaba contra el cielo nocturno como una fortaleza medieval, toda piedra gris y ventanas iluminadas que parecían ojos vigilantes. Samir había crecido en esa casa. Había aprendido a caminar en esos pasillos de mármol. Había cenado en ese comedor que podía acomodar a treinta invitados. Había jugado de niño en esos jardines perfectamente manicurados.
Pero nunca, ni una sola vez, la había visto como lo que realmente era: una prisión disfrazada de palacio.
Miguel lo escoltó hasta