El sol se encontraba alto en el cielo, arrojando su luz dorada sobre el paisaje idílico donde la ceremonia se desarrollaba. La brisa suave llevaba consigo el aroma de flores recién cortadas, mezclado con la expectativa y el nerviosismo que permeaban el ambiente.
Liam, de pie junto al altar, no dejaba de mirar hacia el camino que debía recorrer Freya. Cada minuto que pasaba se sentía como una eternidad. Sabía que los retrasos en las bodas eran comunes, casi tradicionales.
Una novia nunca llega