El bosque era mi refugio, el lugar donde podía escapar de las expectativas asfixiantes de la manada y del peso de la corona que me esperaba. Mientras caminaba entre la maleza, mis botas se hundían en la tierra blanda, el persistente olor a pino y musgo llenó mis fosas nasales, ahuyentando momentáneamente el hedor de la política y el deber.
No podía quitarme de encima la imagen de los penetrantes ojos verdes de Freya de hoy. Habían brillado con esa misma independencia feroz que había llegado a a