—¿Qué dijiste? —preguntó Adriel con una expresión de incredulidad marcada en toda la cara.
Era evidente que no había esperado escuchar una petición como esa de su parte, pero no le importaba, no pensaba retractarse. La decisión estaba tomada.
Quería el divorcio y eso era un hecho definitivo.
Nada ni nadie le haría cambiar de opinión.
—Lo que escuchaste, Adriel. Quiero el divorcio —repitió con altanería, alzando la voz para que así aquella insulsa secretaria la escuchara bien. Ella no era