Los ojos adormilados de Natalia se encontraron con los primeros rayos de sol que se colaban por la ventana.
La mujer observó la diminuta luz y pensó en todo lo que se le avecinaba para ese día.
El juicio continuaba.
Pero esta vez no iba desprotegida.
Los abogados de su esposo estaban completamente preparados para garantizarle una inminente victoria.
Esta vez sería Roberto quien se vería obligado a guardar silencio, impotente, mientras bajaba la cabeza, y se tragaba todo su veneno.
Sus amen