—¡Mami! ¡Mami!
Un murmullo de voces se escuchó, seguido por una voz femenina que los reprendía a la distancia.
—¡Niños, no! ¡Esperen!
Pero ya era tarde.
Los trillizos acababan de abrir la puerta de la recámara como una avalancha.
Natalia se horrorizó al tiempo en que se subía la sábana hasta la barbilla, impidiendo así que sus hijos descubrieran su desnudez.
Fabián se removió a su lado aun sin ser muy consciente de lo que ocurría, lo único cierto era que había ropa desperdigada por todo el pis