Los niños no paraban de correr emocionados por los senderos de gravas que eran rodeaban por flores de todo tipo: rosales, margaritas amarillas y lavandas moradas.
—¡Cuidado, niños! ¡Pueden caerse! —les advirtió Natalia, tratando de darle alcance a su trío de cervatillos.
Al ver que sus advertencias no surtían ningún efecto, Fabián se apresuró a alcanzar a los pequeños antes de que se cayeran o se enredaran con alguna de las ramas circundantes.
—Obedezcan a su madre —les habló con firmeza, ha