Ethan encontró la taza el domingo por la mañana.
Sabía que estaba allí; la había visto al bajar las escaleras el sábado y de nuevo el domingo, sobre la encimera, justo donde la había dejado. La azul. Su taza, la que yo había dejado la última mañana de nuestro matrimonio, con la cafetera francesa al lado, ya con el café molido y listo. Se había preparado el café, al final, ambos días. Lo bebió de pie junto a la encimera, como nunca solía hacerlo, porque sentarse solo a la mesa de la cocina le pa