Abrió los ojos más de la cuenta y por un instante, dejó de respirar. Los dos, entonces, se vieron.
Estaba tan acabado de paciencia. Odiaba la sola idea de que Ciabel se sintiera aunque sea un poco insuficiente por causa suya. La tomó del mentón con suavidad.
—Ciabel Armstrong —dijo claro y alto—, yo nunca, jamás la elegí a ella. No lo hice.
Bajó con desespero la mirada a su boca y luego volvió a ver aquellos ojos que tan loco lo volvían.
—Nunca elegí a nadie por encima de ti. ¿No lo ves? —Se r