Ximena se bajó del coche y se acercó a las rosas en el jardín, frunciendo el ceño. Estaba realmente desconcertada por las intenciones de Alejandro. ¿Después de enterarse de que Manuela lo había engañado, venía a buscarla? ¿Acaso en su mente ella era como una mascota a la que podía llamar y desechar a su antojo?
Ximena esbozó una sonrisa irónica y sacó su teléfono para llamar a Alejandro. Pronto, él contestó y su voz sonaba bastante amigable: —¿Dime?
Ximena, sin rodeos, preguntó con desdén: —Seño