Damián frunció ligeramente el ceño y abrió los ojos de repente, encontrándose con la mirada de Samuel.
Moviendo sus labios resecos y adoloridos, preguntó con voz débil pero urgente:
—¿A dónde piensas llevarla?
Samuel lo miró con indiferencia.
—Eso ya no es asunto suyo, señor Pereyra. Después de que salga con Xime esta noche, ordenaré a los guardias que lo dejen ir. Sé que estos días han sido difíciles para usted, pero ¿qué puedo decir? Sus palabras no fueron perfectas y pude detectar algo sosp