Carlos acababa de aparcar el coche cuando vio acercarse a Paula. Hacía unos días que no la veía; en otros tiempos, el corazón se le aceleraba y las manos le sudaban solo con oír su voz. Pero, al verla acercarse ahora, con un vestido rojo ajustado que marcaba cada curva, Carlos no sintió nada. Ni un escalofrío, ni un buen recuerdo, solo la incómoda sensación de quien se da cuenta de que el encanto ya se ha perdido.
—Hola, Carlos —dijo Paula, con una sonrisa dulce y una mirada calculadora.
—¿Qué