David era un hombre acostumbrado a tener el control bajo sus manos. Aunque su lado racional lo había detenido de intentar retenerme, sabía que no debía forzarme más. No era pues lo correcto. Pero, cuando escuchó que había venido a la isla con Gabriel para pasar un buen rato, no pudo evitar seguirme. Bajó del avión, llegó rápido y, sin siquiera haber tenido tiempo para aclimatarse, vio cómo me acercaba a un rubio con mucha confianza. Eso lo hizo perder el control.
Cuando escuché sus palabras, no