Le sonreí a mis padres.
—Tantos años viviendo juntos, tanto esfuerzo... Y nunca los hice felices. Ahora que su hija de sangre volvió, por fin, conocerán la felicidad. Qué impresionante.
—¿¡De qué hablas!? ¡Claro que seremos felices! ¡Somos una familia de verdad, unidos por sangre! —gritó Lucía.
—Si tú lo dices. ¿Por qué tan a la defensiva?
Los del consejo que dirigían el ritual intercambiaron miradas. Todas eran mis compañeras de combates pasados. Notaban las mentiras de Lucía para entrar a las