Una vez que los médicos dieron el alta, Giorgio llevó personalmente a Lia de regreso a la mansión Bellamonte. Durante todo el trayecto ninguno de los dos habló demasiado. Él conducía con la vista fija en el camino mientras ella observaba por la ventana, incapaz de comprender por qué el silencio entre ambos le resultaba mucho más incómodo que cualquier discusión.
Apenas cruzaron las puertas de la mansión, Giorgio caminó a su lado con paso tranquilo, procurando que no hiciera esfuerzos innecesari