Cesare Santorini golpeaba fuerte y rítmicamente la madera de la mesa con los dedos, esperando respuestas. Después de tanto tiempo, estaba realmente ansioso.
Los diarios estaban guardados en cajones como verdaderas reliquias que debía conservar a toda costa, porque nadie más debía tocarlos. Y siempre miraba en dirección a los cuadernos de vez en cuando, con la esperanza de tener más tiempo para leer los misterios de la vida de Madson Reese bajo llave, como si fueran su mantra. Como una guía que