Tocó el rostro de la dulce mujer de ojos tiernos y nariz roja que estaba sentada em uma cama que, hasta hacía uma semana, pertenecía a outra mujer. Sus manos sintieron lo caliente que estaba aquel cuerpo, y tal vez tuviera fiebre. Así que pensó que ella podría necesitar um médico em algún momento. Y si era lo suficientemente bueno, lo haría, pero no podía pensar em outra cosa que no fuera tenerla entre sus musculosos brazos.
Se llevó la mano a las manos, aún envueltas em guantes nuevos y secos,