Cesare podría haber olvidado quién estaba abajo, pero Sara había oído absolutamente todo lo que había sucedido arriba aquella noche. Y aún tumbada boca abajo en aquella precaria cama, vistiendo un camisón completamente vulgar y sin sentido de la moda, permanecía pensativa.
Como había hecho con su primer marido, sabía que protestar no solucionaba nada.
A algunos hombres les gustaban las mujeres geniales con personalidad fuerte, pero Cesare Santorini no era uno de ellos. Siempre le gustó dirigirl