Mis manos, que guardaron en su memoria y recordaron a la perfección sus contornos, tomaron consciencia. Al fin la tocaban y sentían de nuevo. Recorrieron su espalda y se deslizaron en la curvatura de su cadera para presionarla contra la mía. Su pelo suave y largo acariciaba su espalda como una cascada a las rocas. Agarré un mechón y lo olí. Ella emitió un hondo suspiro.
Entonces recordé el día que la conocí. Quedé deslumbrado con sus ojos y su sonrisa. A partir de allí, la amaba, desde ese día