El sonido incesante del teléfono que reposaba en mi mesa de noche hizo que me arremolinara entre las sábanas. La tibieza que sentía mi cuerpo por el roce de su piel arrancó una sonrisa genuina de mis adentros. La noche había caído sin que nos diéramos cuenta siquiera, tomándonos desprevenidos en mi lecho, desnudos, piel con piel, perdidos en el otro en una interminable agonía de placer.
Agarré el teléfono a desgana, sin abrir los ojos, y rodé sobre la cama hasta reposar mi cuerpo sobre la ninfa