Wyn volvió a leer.
Una vez.
Otra.
Y otra vez.
Sus ojos recorrían las letras como si al final de cada relectura algo fuera a cambiar, como si la tinta fuera a disolverse y reformarse en algo menos terrible. Pero no. Seguía allí. El mismo nombre. La misma dirección. La misma condena impresa en ese maldito papel.
Su pulso martilleaba en sus oídos.
Otra vez.
Otra vez.
Pero no importaba cuántas veces lo intentara.
El nombre no desaparecía.
La dirección tampoco.
Daniel Mercer.
Ese nombre ya no le pert