Gabriel se levantó de la cama sin siquiera molestarse en ponerse el bóxer, dejando en la cama a las trillizas con las que había estado la noche anterior, durmiendo satisfechas por el rendimiento del jugador. Caminó callado y con el ceño fruncido en dirección a la cocina de su muy lujoso apartamento, y apretó el botón que elevaba las cortinas.
Mientras el Sol de la mañana entraba tímidamente por las ventanas de su penthouse, Gabriel se sirvió un café y se apoyó en la barra desayunadora a beberlo