El aire olía a cemento mojado y desinfectante barato. Apenas Sophia y Xavier salieron del armario, se vieron envueltos por la penumbra del pasillo. La luz parpadeante creaba sombras temblorosas en las paredes, como si el estadio mismo respirara. No había tiempo para detenerse. No había espacio para dudar.
—Por aquí —dijo Xavier, con voz urgente, tirando suavemente de su mano.
Sophia lo siguió, aferrándose a él con la misma fe con la que un náufrago se aferra a una tabla en mitad del océano. El