Punto de vista de Pedro
Mi dedo descansaba sobre el gatillo. Un solo apretón y todo terminaría.
El dolor, el arrepentimiento, la certeza de que había pasado meses intentando matar a mi propio hijo.
Una bala. Eso era todo lo que hacía falta.
Cerré los ojos y tomé aire...
La puerta del despacho se abrió de golpe.
—¡Jefe, no!
Unas manos fuertes y rápidas me agarraron la muñeca, retorciendo el arma antes de que pudiera reaccionar.
La pistola cayó al suelo con un ruido metálico y, de pronto, me esta