Corporación Rossi se alzaba sobre el centro de la ciudad como un monumento al ego de mi padre. Crucé las puertas giratorias con determinación. Llevaba un vestido sastre gris oscuro, sobrio, con el cabello recogido en un rodete bajo y tirante. Era la réplica exacta de la hija dócil y sumisa que mi padre creía haber doblegado tras mi humillante huida de la iglesia.
Subí al piso de operaciones en el ascensor y, como esperaba, mi padre no se dignó a recibirme. En su lugar, su director de recursos h