Capítulo 5

Me quedé inmóvil tras la puerta, escuchando cómo los pasos de Lucio se alejaban por el pasillo de madera, crujiendo con una regularidad que me recordaba al latido de un corazón que se niega a sentir. Cuando el silencio volvió a ser absoluto, me dejé caer sobre el pequeño catre de hierro que ocupaba el rincón.

Me miré las manos. Estaban manchadas de polvo y de la savia aplastada de las peonías que había soltado en la sacristía. Mis dedos, esos que alguna vez Julián besó con una devoción que yo creía sagrada, temblaban.

—Mentira —susurré a la oscuridad.

Cada recuerdo empezó a desfilar ante mis ojos como una película de terror. Julián susurrándome al oído que yo era su "puerto seguro" mientras, seguramente, planeaba cómo encontrarse con Bianca en el siguiente pasillo. Sus promesas de libertad, sus críticas constantes a la frialdad de mi padre, su supuesta mano tendida para sacarme de la mansión Rossi... Todo había sido una estrategia. Yo no era su mujer; era su boleto de entrada a la mesa grande de los negocios de mi familia. Y Bianca... mi propia sangre, disfrutando de mi humillación antes de que ocurriera.

Sentí una náusea violenta. Me puse en pie, impulsada por un asco que ya no cabía en mi cuerpo. Mis manos buscaron el cierre del corsé, esa estructura de ballenas y seda que me había mantenido erguida durante todo el día. Tiré de los cordones con una furia desesperada. Quería quitármelo, quería arrancar de mi piel cualquier rastro del día que debía ser el más feliz de mi vida y que se había convertido en mi funeral.

Al soltarse las ataduras, el aire entró en mis pulmones de forma dolorosa, casi punzante. Fui despojándome de las capas de seda rasgada, de los encajes franceses que ahora me parecían telas de araña pegajosas. Cada prenda que caía al suelo era una parte de la "Atenea sumisa" que dejaba de existir. La seda blanca quedó amontonada a mis pies como el cadáver de un animal degollado.

Me quedé en ropa interior, con la piel marcada por el rigor del corsé y el frío de la habitación erizándome los poros. Me acerqué a un pequeño espejo. Mi reflejo era el de una desconocida. Tenía el pelo revuelto, restos de maquillaje corrido por las lágrimas y los hombros tensos. Pero fueron mis ojos los que me detuvieron. Ya no había rastro de la niña que pedía permiso para ser feliz. Había algo nuevo: una chispa de acero, un odio frío y calculado que empezaba a endurecerse en mis entrañas.

Si quieren poder, les daré una guerra, pensé. Si quieren un show, se van a quemar en el escenario.

Empecé a pensar en lo que necesitaba. Dinero, una identidad, un lugar donde el apellido Rossi no fuera más que un eco lejano. No podía ser la víctima de esta historia. Tenía que levantarme, fortalecer cada debilidad que ellos habían usado en mi contra. Mi amor por Julián había sido mi mayor vulnerabilidad; ahora, ese hueco en mi pecho se estaba llenando de una determinación gélida.

De repente, un crujido en el pasillo me hizo saltar. El sonido de la madera bajo un peso firme.

El corazón me dio un vuelco. No había cerradura en esa habitación. Me giré rápidamente hacia la puerta, intentando cubrirme el pecho con los brazos, con la respiración entrecortada.

La puerta se abrió sin previo aviso.

El padre Lucio entró con una manta oscura y ropa en las manos. Su mirada, que venía fija en el suelo, se levantó de golpe y chocó con la mía.

El tiempo se congeló.

La luz de las velas bailó violentamente, proyectando sombras alargadas en las paredes llenas de libros. Lucio se detuvo en seco, su figura alta y vestida de negro contrastando con la penumbra. Sus ojos, esos abismos oscuros que tanto me inquietaban, recorrieron mi cuerpo semidesnudo con una rapidez eléctrica antes de clavarse en los míos.

Vi cómo su garganta se movía al tragar saliva. La mandíbula se le tensó tanto que temí que se quebrara.

—Traje... —su voz salió más grave de lo normal, áspera y peligrosa— una manta. Hace frío aquí arriba.

No se movió. No cerró los ojos ni se dio la vuelta de inmediato. Se quedó allí, atrapado en ese umbral entre el deber y algo mucho más peligroso. La luz de las velas resaltaba los ángulos de su rostro, haciéndolo parecer más joven, más humano y, por ende, mucho más peligroso.

—Padre... —murmuré, y mi voz sonó como un susurro prohibido en medio de la noche.

Lucio reaccionó como si lo hubiera despertado de un trance. Sus ojos brillaron con autorreproche. Dio un paso atrás, dejando la manta sobre una silla de madera cerca de la entrada.

—Cúbrete, Atenea —dijo sin voltear, y esta vez su voz recuperó un poco de esa dureza defensiva, aunque el temblor en sus dedos al soltar la manta lo delataba—. En esta casa no hay lugar para más incendios de los que ya has provocado.

Cerró la puerta con una firmeza seca que resonó en toda la habitación. Dejándome de nuevo en la oscuridad. Me abracé a mí misma, sintiendo todavía el calor de su mirada quemándome la piel. Me di cuenta de que, en mi plan de fortalecerme y levantarme, el padre Lucio no era solo un refugio. Era la prueba de fuego que no estaba segura de poder superar. 

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