Capítulo 3

En la penumbra de aquella habitación, me dejé caer contra la pared, justo detrás de una imagen de San Sebastián atravesada por flechas; sentí que yo no estaba muy lejos de su martirio.

Mis manos, aún temblando, buscaron los ganchos de metal que sujetaban mi peinado. Tiré de ellos con una violencia que no sabía que poseía. Sentí cómo algunos mechones se arrancaban de raíz, pero el dolor físico era un alivio comparado con el incendio que quemaba mi pecho. Finalmente, la seda blanca cayó al suelo, hecha un ovillo entre el polvo. Ya no era una novia. Era una fugitiva.

—Malditos sean todos —susurré, y mi propia voz me sonó extraña, endurecida, como si el cristal de mi alma se hubiera templado de golpe.

Me puse en pie, luchando con las infinitas capas de tul. El vestido era una jaula de alta costura que me impedía correr. Busqué a tientas entre los estantes de madera vieja hasta que mis dedos dieron con un abrecartas de metal pesado que descansaba sobre una mesa de oración. Sin pensarlo dos veces, hundí el filo en la falda de seda. El sonido de la tela rasgándose fue el primer acto de libertad de mi vida. Corte tras corte, me deshice de la cola kilométrica y de las capas innecesarias, dejando el vestido reducido a una túnica irregular que me permitía, por fin, mover las piernas.

Estaba en medio de ese frenesí de seda rota cuando la puerta crujió.

Me quedé petrificada, con el abrecartas en la mano y la respiración contenida. Una silueta recortada por la luz tenue del pasillo entró en la habitación.

—Escondida entre los santos, Atenea… ¿Buscas redención o protección?

La voz era profunda, aterciopelada, con una vibración que me recorrió la columna de una forma que no tenía nada que ver con el miedo. Me giré lentamente.

El padre Lucio se detuvo a pocos metros. La luz de una pequeña lampara iluminó su rostro y, por un segundo, el aire se detuvo en mis pulmones. Era insultantemente joven para llevar la sotana. Tenía una mandíbula tallada con una precisión casi agresiva y unos ojos tan oscuros que parecían absorber la escasa luz del cuarto. Había algo contenido y peligrosamente elegante en su presencia, que resultaba inquietante en aquel entorno sagrado.

—Por favor —susurré, bajando el arma improvisada mientras intentaba cubrirme con los restos del vestido—. No les diga que estoy aquí. Se lo ruego.

Él dio un paso más, acortando la distancia. El aroma a incienso se mezcló con un perfume cítrico y amaderado. Sus ojos descendieron hacia la tela rasgada de mi vestido antes de volver a mí con una intensidad que me hizo sentir expuesta… y extrañamente vista.

—La Iglesia es un refugio para los perseguidos, pero tú no pareces una víctima, Atenea Rossi —dijo él, y su voz bajó un tono, volviéndose casi un secreto—. Pareces alguien que por fin dejó de tenerle miedo al fuego.

—No me entregue a mi padre —insistí—. Julián... mi hermana... todo fue una farsa. Si vuelvo a ese altar, me destruirán.

Lucio inclinó la cabeza, observándome con una curiosidad que me erizó la piel. Su mano, de dedos largos y ademanes impecables, se levantó lentamente. Por un momento pensé que iba a tocarme. Sus dedos se alzaron apenas, como si quisiera apartar el mechón húmedo que se pegaba a mi mejilla, pero se detuvieron en el aire.

La tensión en su mandíbula fue mínima. Casi imperceptible.

Entonces retiró la mano lentamente, como si incluso ese roce inexistente hubiera sido un error.

—Un matrimonio construido sobre una mentira no tiene nada de sagrado —murmuró—. Y no pienso bendecir algo así.

En ese momento, el eco de unos tacones rápidos y el siseo de voces cargadas de veneno inundaron el pasillo lateral.

—¡Tiene que estar por aquí! ¡Esa estúpida no pudo irse lejos! —era Elena, su voz cortando el aire como un cuchillo.

—Si arruina la firma con los inversionistas, juro que yo misma la encontraré —añadió Bianca, con una urgencia que delataba su propia desesperación.

Me pegué a la pared, ocultándome detrás de una sábana que cubría una estatua de madera. Lucio no se inmutó. Se quedó allí, de pie, como una columna de sombra impenetrable. La puerta se abrió de golpe.

—¡Padre Lucio! —exclamó mi madrastra, entrando con la respiración agitada y la mirada desorbitada—. Buscamos a Atenea. Ha perdido el juicio en medio de la boda. ¿La ha visto pasar?

Lucio se giró hacia ellas con una templanza exasperante. Se ajustó los puños de su camisa negra que asomaban bajo la sotana y las miró con frialdad.

—Señora y señorita Rossi —dijo con una voz gélida—. He estado aquí buscando un momento de silencio tras el desorden ocurrido.

—¿No entró nadie? —insistió Bianca—. Me pareció oír ruidos.

Lucio dio un paso hacia ellas, ocupando todo el campo de visión de mi hermana, obligándola a retroceder por el peso de su sola presencia.

—No he visto a nadie —sentenció. Su tono era final, una orden disfrazada de afirmación —Les sugiero que busquen en el jardín.

Elena apretó los dientes, frustrada, y tras una última mirada de sospecha de Bianca, ambas salieron al pasillo. Salí de mi escondite muy despacio.

—¿Por qué lo hizo? —pregunté, apenas un susurro que rompió la calma del cuarto.

Él no se giró de inmediato. Cuando finalmente volvió el rostro, su mirada era un abismo oscuro e insondable.

—A veces, Atenea, los santos también se cansan de ver siempre la misma obra de teatro —respondió, y por primera vez hubo algo en sus ojos que no era santidad, sino un destello de algo mucho más peligroso.

Hizo una pausa antes de añadir:

—Ahora vete por la puerta del patio.

Dio un paso atrás, como si la distancia entre nosotros fuera necesaria para volver a respirar.

—Y reza, si es que todavía crees en eso, para que no nos volvamos a encontrar en un lugar donde yo deba elegir entre mi deber y tu libertad.

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