Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl silencio que siguió a la revelación fue más denso que el incienso que ya empezaba a filtrarse desde la iglesia. Julián se acomodaba la camisa con una tranquilidad que me resultó insultante, mientras Bianca, sin un ápice de vergüenza, se subía los tirantes del vestido rosa. Me observaba las uñas como si acabara de salir de una charla trivial y no de destrozarme la vida.
Sentía que el oxígeno se me terminaba. El corsé, que antes me asfixiaba físicamente, ahora parecía estar triturándome las costillas. No podía articular palabra; el dolor era una masa informe y ardiente en mi garganta que me impedía incluso gritar.
—El padre Lucio ha llegado.
La voz de mi padre, pesada y cargada de esa autoridad que siempre me había hecho temblar, resonó desde el umbral. Dante Rossi entró en la pequeña oficina con la seguridad de un general inspeccionando un campo de batalla. Sus ojos gélidos recorrieron la escena: mi ramo de peonías pisoteado en el suelo, la camisa desalineada de Julián, la sonrisa triunfal de mi hermana y mi palidez de muerta. Lo peor… No hubo sorpresa en su rostro, ni indignación o una pizca de esa protección que un padre debería sentir. Para él, esto no era una tragedia familiar; era un inconveniente logístico.
Se detuvo frente a mí, ignorando deliberadamente que su futuro yerno acababa de ser descubierto con su otra hija. Su mirada se clavó en mis ojos llorosos, no para consolarme, sino para someter de nuevo mi voluntad.
—Atenea —dijo con una calma que me heló la sangre— ve a prepararte para la ceremonia. El protocolo ya lleva diez minutos de retraso.
Parpadeé, incrédula. El mundo se estaba desmoronando bajo mis pies y él estaba contando los minutos del reloj.
—¿Qué? —mi voz salió como un hilo quebrado, casi irreconocible—. ¿Acaso no lo viste, papá? Estaban... ellos dos... yo no puedo... no voy a casarme con él. Ahora, ni nunca.
—No te he preguntado si quieres —replicó él, acercándose un paso más, invadiendo mi espacio con esa opresión que siempre me hacía sentir pequeña—. He dicho que te prepares. Los Lombardi están esperando. Los inversionistas están esperando. No voy a permitir que un capricho emocional destruya lo que me ha tomado décadas construir.
Julián, que ya había recuperado su compostura de caballero impecable, dio un paso hacia mí. Ya no había rastro del hombre que anoche me susurraba promesas de libertad. Sus ojos eran oscuros, pragmáticos, vacíos de cualquier afecto.
—Atenea, no seas infantil —soltó él, y el tono de su voz me dolió más que el descubrimiento mismo— Lo que viste no cambia nada, tenemos un contrato, una unión que va más allá de nosotros dos. Madura de una vez, la boda se realizará, y por tu propio bien, espero verte en el altar en cinco minutos. No querrás saber qué pasa si dejas a un Lombardi plantado frente a la prensa.
Sin esperar mi respuesta, se ajustó el saco, me dedicó una última mirada y salió de la habitación. Bianca soltó una risita ahogada, pasó por mi lado rozándome el hombro con malicia y lo siguió hacia la entrada principal.
—Cinco minutos, Atenea —sentenció mi padre antes de retirarse—. Ni una lágrima más. Si arruinas esto, te aseguro que desearás no haber nacido en esta familia.
Me quedé sola en la penumbra. El frío del mármol subía por mis piernas como un cadáver trepando desde la tumba. No era una novia; era un cordero rumbo al matadero. Con manos temblorosas, recogí el velo que se me había resbalado y lo coloqué sobre mi rostro. El encaje francés, tan blanco y puro, se convirtió en mi única armadura, un muro de seda entre mi desesperación y el mundo que pretendía devorarme.
Caminé hacia la iglesia como si me dirigiera a mi propia ejecución. Las puertas de roble se abrieron y el estruendo del órgano me golpeó de frente. La marcha nupcial sonaba triunfal, pero para mis oídos era una burla ensordecedora. Cientos de cabezas se giraron para verme. Los flashes de los fotógrafos estallaban a mi alrededor, pero yo solo veía una mancha blanca y borrosa a través del tejido del velo.
Mi padre me tomó del brazo. El apretón fue tan fuerte que supe, por la presión de sus dedos, que me dejaría marcas moradas. Me arrastró por el pasillo central. Al fondo, en el altar iluminado por cientos de velas, Julián me esperaba con una sonrisa perfecta y cínica. A su lado, el padre Lucio sostenía el libro sagrado, ajeno al pecado que acababa de ocurrir a pocos metros de allí.
Cada paso pesaba una tonelada. Sentía los ojos de Bianca desde la primera fila, fijos en mí, saboreando mi humillación pública. El murmullo de los invitados era un zumbido insoportable que me hacía querer gritar hasta desgarrarme la garganta.
Llegamos al pie del altar. Mi padre, con un gesto mecánico, le entregó mi mano a Julián. El contacto con la piel del hombre que amaba, y que ahora me provocaba náuseas, fue el detonante final. Julián me miró a través del velo, triunfante, creyendo que me había quebrado por completo.
—Estamos aquí reunidos... —comenzó el sacerdote con voz monótona.
Las palabras se volvieron ecos distorsionados en mi cabeza. Miré a mi alrededor con la desesperación de un náufrago. Vi la salida lateral, una pequeña puerta de madera que sabía que conducía a las dependencias traseras de la parroquia. Vi la cara de mi padre, que ya se relajaba en la primera fila, creyendo que su negocio estaba cerrado.
No dejaría que me humillen más, querían poder y show se los daría.
Sin previo aviso, solté la mano de Julián. El movimiento fue tan brusco que el sacerdote se interrumpió a mitad de la frase. Un jadeo colectivo recorrió la iglesia, un siseo de sorpresa que cortó el aire.
—Cariño, ¿qué haces? —me susurró Julián entre dientes, manteniendo la sonrisa falsa para las cámaras que grababan cada segundo.
No le respondí. No le debía ni una sílaba. Di media vuelta y eché a correr. Las capas de tul y seda se enredaban en mis piernas, el vestido me pesaba como si estuviera hecho de plomo, pero la adrenalina era más fuerte. Corrí hacia el pasillo lateral, empujando a un monaguillo que intentaba apartarse.
—¡ATENEA! —el grito de mi padre tronó por encima del órgano, rebotando en las bóvedas de piedra. Era un grito cargado de una furia asesina, el rugido de un hombre que ve cómo su posesión más valiosa escapa de su control.
No miré atrás. Crucé la puerta lateral y me interné en la penumbra de los pasillos traseros. El sonido de mis pasos desesperados contra el suelo de piedra era lo único que escuchaba. El corazón me iba a estallar contra el corsé. Buscaba un escondite, un rincón oscuro donde el mundo dejara de perseguirme, donde el apellido Rossi y la sombra de los Lombardi no pudieran alcanzarme.
Me metí en una pequeña habitación llena de estatuas de santos cubiertas por mantas de polvo. Me dejé caer en un rincón, sollozando en silencio bajo el velo, mientras afuera escuchaba los gritos de mi padre buscándome y el caos de una boda que acababa de convertirse en el escándalo más grande de la ciudad. El velo seguía sobre mi rostro, empapado en mis lágrimas, pero ya no ocultaba a una novia sumisa, sino a una mujer que acababa de entender que, para ser libre, tendría que prenderle fuego a todo lo que alguna vez llamó hogar.







