Capítulo 42.
Tianyu
Habían transcurrido algunas horas y ella seguía sin despertar; mantenía los ojos cerrados y la respiración pausada, casi demasiado tranquila para mi gusto. El doctor entraba a la habitación cada hora para comprobar que la dosis de medicamentos fuera la adecuada y observaba los monitores con una cautela que me ponía los nervios de punta.
—¿Por qué no despierta? —le pregunté, mi voz sonando como un rugido contenido.
Sostenía la mano de mi esposa, trazando con mis dedos los golpes y rasguño