—¿Te gusta lo que ves? —pregunta ella, contoneando los juguetes.
Se me seca la boca.
Luego, regresa con paso de pasarela hacia la camilla y sube por mi torso, montándose a la altura de mis costillas en lugar de mis caderas, obligándome a mirarla hacia arriba.
Se inclina y me agarra las muñecas, tirando de ellas por encima de mi cabeza.
Mis hombros protestan, pero sentirme así de expuesto es más excitante que doloroso.
Con movimientos rápidos y expertos, usa la esposa de terciopelo para atarme l