86. No me abandones
Hubo un sonido de caos desbordado afuera. Con fuerza comenzaron a golpear la puerta. Gritos. Era un rugido desesperado por ser escuchado. Que alguien, en una mísera misericordia, abriera la puerta mientras continuaban golpeando de manera estrepitosa.
—¡Alguien abra! —vociferaba con todas mis fuerzas—. ¡Ayúdennos! Estamos encerradas.
—Oh no, Louisa… ¿es esto un castigo? —Giovanna comenzaba a llorar con fuerza de nuevo—. No puede ser, yo no he hecho nada malo.
La notaba más agitada, estresada, al