32. El infierno de Dante
Mis ojos se clavaron en ese objeto como si fuera una brasa encendida y el solo acercarme provocara que me quemara. Los latidos de mi corazón se estremecieron de una manera donde no sabía qué era lo que debía sentir. Dante, sin decir nada, cerró la llamada volteando el teléfono y colocándolo boca abajo. Sus ojos se mantenían en los míos, pero no eran fríos, sino que había algo más.
—Louisa, no tienes que preocuparte por Isabella —su voz se tornó suave —Ella y yo no somos nada, no tienes que pone