17. La casa de la abuela
Un viaje que provocó que todo mi cuerpo se entumiera. Miraba por la ventana emocionada, aunque intentaba por todos los medios ocultarlo, pues nunca había tomado un avión. Por otro lado, Edward no podía hacerlo. Sus manos estaban pegadas al vidrio como si fueran a atrapar las nubes que parecían algodones.
—¡Mami! ¿Podemos llevarnos las nubes en el bolsillo?
—No, cariño, no podemos —sonreía con levedad—. ¿Te gustan?
—¡Sí! Ya sé lo que quiero ser —me observó con sus ojos llenos de emoción—. Quie