Livana apretó a su cachorro contra su pecho sintiéndose cada vez más débil y temblorosa.
Estaba muy cansada.
Acababa de dar a luz, sin embargo, aquella era la única manera de hacerlo.
No podía retrasarlo más.
Valerio jamás le permitiría escapar.
Para él siempre sería su esclava.
Y además, ¿Qué quería que hiciera ahí después de todo?
No iba a servirlo siempre.
Ella había nacido para gobernar una manada.
No para esto.
—Tranquilo, cachorro.
Te prometo que estarás a salvo.
¿Cómo debo llamarte?
Liva