Cuando finalmente se les permitió ver a Maxwell, entraron a la habitación con el corazón apesadumbrado. Él yacía en la cama, conectado a múltiples monitores que registraban su estado. La máquina pitaba rítmicamente, y cada pitido era un recordatorio de que estaba vivo, aunque sumido en un sueño profundo.
Abigail se acercó a su hijo, sintiendo la fragilidad de su situación. Tomó su mano, que estaba fría, y la acarició suavemente.
—Estamos aquí contigo, Maxwell —susurró, aturdida con la situación