Gabriel
Apago el motor, bajo y la espero. Ella sale de su coche, con las llaves apretadas en su mano como un arma ridícula. No dice nada, pero sus pasos siguen los míos hasta la puerta.
Introduzco la llave en la cerradura, el clic resuena y una corriente de aire más fresco nos recibe. Me aparto, invitándola a entrar. Ella duda un segundo, un segundo en el que todo podría aún cambiar, y luego cruza el umbral.
Dentro, el silencio es diferente: más denso, más íntimo. Mi apartamento respira orden y