—Sí, me importa —respondió sin dudar, con esa arrogancia que parecía ya parte natural de su tono.
Me senté junto a él e intenté arrebatarle la barra, convencida de que solo estaba bromeando, pero la retiró con rapidez.
—Valeria, no. —Me miró de reojo—. ¿Y qué clase de nombre es Valeria? —preguntó con una sonrisa burlona.
Solté un suspiro y me crucé de brazos, dándole la espalda.
—¿Por qué no simplemente me das tu dinero y te quedas callado? —murmuré con fastidio.
—Tómalo —dijo con un