Fiona dio un paso hacia adelante, casi en trance, y gritó:
—¡Valeria! ¡Es Valeria!
Pero yo no reaccioné. No podía. Mis ojos estaban fijos en la mujer que acababa de bajar del escenario, y empecé a abrirme paso entre la multitud, con Fiona siguiéndome de cerca. Necesitaba verla de frente. Necesitaba entender.
Cuando Fiona volvió a llamar su nombre, ella tardó un segundo en darse la vuelta. Y ahí lo confirmé: era ella.
Caminó hacia nosotros con una elegancia fría, casi calculada, sujetándo