—Ahí es donde entras tú y te aseguras de que no lo haga —respondí.
—No, no, Valeria. ¿Y si hacemos lo mismo que le hicimos cuando le cortamos las pelotas? —sugirió.
Lo miré, perpleja, sin entender a qué se refería. Si mi memoria no me fallaba, tuvimos que escenificar dos accidentes y colocarlo en una mesa de operaciones. Nos aseguramos de que le realizaran exactamente el procedimiento que queríamos.
—Mientras caminaba hasta aquí, se me ocurrió el plan perfecto —dijo, mientras yo desviaba la