—¡Consigue un puto trabajo o, mejor aún, aborta esa mierda que crece dentro de ti! —respondí.
Levantó la mirada con saña y, sin previo aviso, me lanzó el vaso que sostenía, pero me agaché a tiempo.
—¡Esa es la razón por la que nunca sentirás lo que se siente tener un hijo propio! —me gritó.
Sus palabras fueron profundas; sabía exactamente lo que estaba haciendo, pero no iba a caer en la trampa.
—Fiona, hay otras formas de conseguir este divorcio, con o sin tu firma —le respondí.
Ella solo puso