—¡Tu maldito padre me lo robó todo! —gritó, con la voz quebrada—. La idea de crear una empresa de inventos fue mía. ¡Mía! Pero ¿qué hizo tu estúpido padre? —sollozó, mientras la habitación quedaba en silencio. Con el spray de pimienta y la pistola apuntándole, yo solo lo observaba.
—Fundó esa maldita empresa… y hundió la mía —escupió.
Casi me eché a reír. El hombre frente a mí era un espectáculo patético.
—¿Cuántas empresas de chocolate, cuántas automotrices, cuántas marcas de teléfonos hay