Cuando él irrumpió en el salón de la ceremonia, yo justo estaba intercambiando anillos con Samuel.
Jaime, con los ojos inyectados en sangre, se lanzó hacia mí y me agarró la mano con fuerza:
—Alejandra, ya no hagas berrinche, vámonos a casa.
Samuel frunció el ceño y lo empujó con firmeza:
—Señor Esparza, no recuerdo haberle enviado invitación.
—Si viene a hacer escándalo, no me culpe de ser grosero.
Los padres de Jaime también se quedaron helados. Con tanta gente mirando, no querían hacer el rid