De pronto todas las miradas se dirigieron hacia mí. Samuel apareció a mi lado, con su altura uno noventa imponiéndose sobre todos, irradiando una presión difícil de ignorar.
—¿Estás bien? —me cubrió entre sus brazos, su voz baja y tranquila—. ¿No te hizo nada?
—No —negué con la cabeza.
Él me protegió con firmeza detrás de su espalda y se giró hacia Jaime Esparza, hablándole con frialdad:
—Señor Esparza, qué vestido de novia lleve mi prometida es asunto nuestro. Usted es un extraño, no debería me